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lunes, 7 de septiembre de 2009

San Juan


Partían hacia el campo, como solían hacer todos los veranos. El Chevrolet verde cargado de valijas vetustas, aunque bastante destartalado, soportaba los calores del asfalto, entre San Juan y Mendoza.
Nélida, sentada adelante, iba seria y callada como siempre. Juan, al volante, felíz de regresar a sus viñedos. Felíz de regresar con su nieta preferida. ¡Cuántos días juntos nos esperan! Se decía a sí mismo, y en voz alta. ¡Casi todo el verano!
De vez en cuando, las paradas ayudaban a estirar las piernas. Otras, paradas de rigor, completaban el pesado equipaje con un par de sandías enormes y perfumadas, compradas a algún puestero de la ruta.
María, sentada atrás con su muñeca parlanchina, no perdía detalle del aburrido viaje, entre pastos secos y alguno que otro Aguaribay.
Nunca pudo entender, el secreto del agua en la calle. Esos espejismos que al pasar, desaparecían como por arte de magia.
La casa comenzaba a distinguirse entre los salitrales y demás ranchos. María se emocionaba. Allí, habían quedado parte de sus juguetes, libros y recuerdos. Sus amigas del campo, la esperaban también.
Sabía que a la mañana temprano, podría recorrer, tomada de la mano de Juan, las largas y húmedas hileras de parrales. Que luego de una siesta calurosa, bajo un tul mosquitero, saldrían a visitar a los vecinos. Que seguramente a la noche, les harían un asado de bienvenida.
Todo el pueblo sabía, que Juan era feliz en el campo junto a su nieta. Y lo celebraban. Claro, puesto que la mitad de los habitantes, trabajaban para él.
Nélida, ocupada en cuidarlos de las insolaciones y picaduras de insectos, era ignorada. Atareada cada noche, cambiando las bombillas de malla de cada lámpara a gas, era la aburrida de los tres.
Entre las historias del abuelo, sobre tigres y facones, asomaba Nélida su cara huesuda, llamándolos a comer, ajena a toda la diversión. Siempre ajena a sus salidas, conversaciones y mimos.
Pasaron quince años y Juan murió, como también murieron sus viñedos. El pueblo lo lloró durante años y no volvió a ser el mismo de antes. Creen que Nélida, no lo sufrió tanto.
María, no regresó jamás. Olvidó sus cosas, sus amigas, sus libros y su memoria. Nada tenía de interesante ése pueblo perdido y salitroso, sin su abuelo.
Nélida volvió a su provincia natal, cargando una sola valija. Remedios, un par de fotos, sus agujas de tejer y cartas. Las cartas de María para Juan. Cartas que nunca había leído, porque no iban dirigidas a ella.
Ahora le pertenecían, como le pertenecían también las historias inventadas y los viñedos secos.
Pero sólo necesitaba probar, un poco del amor de María. Ése amor, visto siempre a la distancia, tan añorado y envidiado.
El día que supo con certeza, que también le pertenecía, se desprendió de todos sus rencores y murió felíz.
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